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sábado, octubre 21, 2017

La infalible dieta portuguesa de La Puerta de los Gordos

Problemas de sobrepeso
Usted, que estará leyendo estas líneas, seguro que en algún momento de su vida se ha encontrado con ropa que, con criterio propio, han decidido negarse a acoger aquellos kilitos de más que a base de torreznos y cervecitas ha puesto en su esbelto cuerpo. Coñas a parte, la obesidad (en cualquiera de sus grados) se ha convertido en una auténtica epidemia para las sociedades avanzadas, fruto, sobre todo, de la disposición casi pornográfica de comida que ha hecho que la gente comamos muchas veces más de lo que sería recomendable para nuestra salud. No obstante, y aunque sea fácil dejar de engordar (basta con dejar de comer), la realidad es que la gente no está muy por la labor de pasar más hambre que el perro del afilador para mantener a raya la talla de los pantalones (ver La Akkermansia, la deseada bacteria adelgazante), convirtiendo el asunto de adelgazar en un auténtico problema, sobre todo si perteneces a una orden religiosa en la que el comer más de la cuenta es un pecado capital. ¿Y cómo se controla entonces? Un monasterio encontró una solución sencilla y eficaz: La puerta de los gordos.

Fachada del monasterio de Alcobaça
En Alcobaça, una pequeña ciudad portuguesa a unos 90 km al norte de Lisboa, existe el Monasterio de Santa María de Alcobaça, una auténtica maravilla de la arquitectura religiosa destacable por ser el primer edificio gótico construido en todo Portugal. El monasterio, hoy en día Patrimonio Nacional portugués, fue construido entre el 1178 y 1240 por la orden del Císter a iniciativa del rey Alfonso I, como promesa de haber reconquistado Santarém a los moros. Bueno... él pretendía hacerlo en otro lugar, pero los ángeles por la noche le movieron los hitos que tenía puestos en Chiqueda (a unos 3 km) para señalar el sitio donde se tenía que construir y los llevaron a Alcobaça. Como él no era nadie para contradecir a los traviesillos querubines (¡qué casualidad!), pues allí que lo instaló.

Plano con la ubicación de la puerta
Sea como fuere, en 1223 el nuevo monasterio acogió a los primeros monjes, consagrándose su catedral en 1252 y convirtiéndose en el cenobio más importante del Císter en Portugal. Los avatares de la historia y de los terremotos hicieron que se fueran añadiendo estancias y restaurando edificios en diversos estilos (gótico, renacentista, barroco...) hasta la exclaustración de los monjes efectuada en 1834 como producto de la supresión de las órdenes religiosas. Convertido en museo, el monasterio es hoy en día visitable, destacando su iglesia gótica, sus claustros... y una extraña puerta en arco de medio punto, de doble hoja, de dos metros de alto y que tiene nada más que... ¡32 cm de ancho!. O lo que es lo mismo, que o se es un espárrago con patas u olvídese de entrar por esa puerta.

Monasterio de Sta. María de Alcobaça
Efectivamente, en el muro oeste del refectorio del Monasterio de Alcobaça (el comedor de los monjes, para que nos entendamos), nos encontramos con esta peculiar obertura en los muros de la estancia que no deja de llamar la atención. Pero... ¿para qué hacer una puerta de palmo y medio de ancho pudiéndola hacer todo lo grande que quisieran? La estricta regla de San Benito que seguía la orden del Císter parece que tendría la clave (ver El diminuto monasterio de El Palancar).

El comedor de los monjes
A pesar de que hoy en día esta micropuerta comunica con el pequeño claustro de Alfonso VI, se ve que en época medieval daba a la cocina del monasterio. Una cocina bastante pequeña, pero suficiente como para hacer las escuetas comidas que los monjes tomaban de cara a la pared, mientras escuchaban salmos y escrituras sagradas. El inconveniente venía en el momento de servirse, ya que eran los propios monjes los que, yendo a la cocina, tenían que llenarse ellos mismos los platos si querían comer. Comida caliente (sin carne, que la tenían prohibida) pero a libre disposición, significaba que, enviando a San Benito a hacer puñetas, más de uno se pondría hasta las botas.

Catedral gótica de Alcobaça
Los superiores, sabiendo que la carne es muy débil, decidieron limitar el ancho de la puerta de la cocina, de tal forma que si a alguien se le ocurría ir rellenando los “michelines” a base de comer más de la cuenta, en el momento en que no cupiese por la puerta iba a comer más bien poco. De esta manera se aseguraban que el sobrepeso no dificultara el trabajo físico que hacían los monjes, a la vez que hacían cumplir a la fuerza los preceptos cistercienses de ser mesurados con la comida. Una forma sencilla y eficaz de mantener la disciplina y la dieta a toda la congregación.

Más allá de la existencia de la puerta la realidad es que esta tesis no es más que una curiosa leyenda, ya que los especialistas no tienen ni idea de para qué se construyó dicha puerta.

Cocina moderna del monasterio
Si bien la primigenia cocina existió como tal, en el siglo XVII-XVIII (no se conoce la fecha concreta), coincidiendo con la bula que en 1666 dictó el papa Alejandro VII según la cual se permitía a los monjes comer carne tres veces por semana, la cocina se trasladó. Para tal efecto, se construyó al otro lado del refectorio una nueva cocina -que aún se conserva- con una chimenea espectacular capaz de cocinar un buey entero y dar de comer a 500 personas. Harto suficiente para atender a los aproximadamente 150 monjes que se tiene constancia que habitaban el monasterio a mediados del siglo XVIII. La antigua cocina medieval se derribó y se hizo un pequeño claustro con sus celdas, dejándose la estrecha puerta como acceso directo desde el refectorio. Pero... ¿cual habría sido su función real entonces?

La grande sería el verdadero acceso
Según los estudios, el acceso a la cocina medieval no se efectuaba por la “puerta de los gordos”, sino por una mucho más ancha que hay en la misma pared y que es de la misma época. Se especula que, en el momento de su construcción el refectorio daba directamente a la calle y que la pequeña puerta no comunicaba con la cocina sino directamente al exterior. De esta forma, la estrecha puerta habría servido, no para ir a la cocina, sino para dar de comer a los pobres que desde el exterior se acercaban al monasterio de Alcobaça a buscar un plato caliente, posiblemente para laminar el flujo de acceso desde el exterior. Una función bastante más prosaica que la atribuida por la leyenda.

Sea como sea, la “Puerta de los Gordos” (“A porta pega-gordo”, en portugués) se ha convertido en una de las grandes atracciones del Monasterio de Santa María de Alcobaça. Hoy, que vivimos en un mundo que ha pasado de la miseria a la opulencia en tres o cuatro generaciones y que tira la comida por toneladas, haríamos bien, en mirando la estrechísima puerta de Alcobaça, que recordásemos que, aunque nosotros tengamos problemas por el exceso de comida, hay muchísimos millones de personas a nuestro alrededor que serían capaces de pasar por esa puerta sin ningún problema.

Y no sería por estética.

La Puerta de los Gordos

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jueves, octubre 12, 2017

La estafa de los Barcos Negros, cuando la podredumbre de un gobierno no solo afecta la madera

Un navío y una fragata rusas
Que el poder es atractivo, lo sabe todo el mundo excepto a los que les toca ser presidente de su escalera, para los cuales más que una bendición es una maldición de la peor calaña. Esta atracción hace que todos los que están en la cúspide del poder se encuentren rodeados de una pléyade de truhanes, trepas, listillos y aprovechados que utilizan el sistema para vivir a cuenta del Estado, cuando no para llenarse los bolsillos a espuertas. En España, con más de 800 casos sub iúdice afectando al Partido Popular, se sabe bien de qué va el tema, y más si conocemos que la corrupción, en este país, ha sido forma de actuación reiterada en todas las épocas (ver El Duque de Lerma, la capital de España y su descarado pelotazo inmobiliario) y gobiernos (ver La corrupta historia de los coches llamados "Gracias Manolo"). Un ejemplo más de esta aparente (cuando no fehaciente) "cleptocracia" -gobierno de los ladrones- que envuelve el poder en España lo encontraremos a principios del siglo XIX, cuando la incompetencia galopante de Fernando VII y la picaresca parasitaria de sus adláteres clavaron la puntilla a la otrora potente armada española y ayudó a la pérdida de las colonias españolas de América: la estafa de los Barcos Negros.

Fernando VII, el rey felón
Después de la Guerra de la Independencia, la situación social y política de España y sus colonias era poco menos que calamitosa. Las colonias americanas, forzadas a organizarse autónomamente debido al desgobierno producido por la invasión francesa y el "secuestro" -por decir algo-  de Fernando VII (ver ¡Muera la libertad!... y no era una broma), estaban en pleno proceso de secesión, cosa que no era del gusto ni de la corona, ni de sus responsables militares, los cuales no daban abasto a controlar tanta "ilegalidad". Y una parte importante de esta limitación venía dada por el ruinoso estado de la Armada Española, la cual, por falta de inversión y mantenimiento, había pasado de 42 buques en buen estado en 1808 a 16 en 1815, de los cuales tan solo 4 eran útiles. Si a eso añadimos que los marineros no cobraban desde hacía 33 meses y que los arsenales estaban vacíos, el panorama naval español de entonces hacía aguas por todas partes. Nunca mejor dicho.

Antonio Ugarte, ex- esportillero
En esta situación, el traslado de tropas desde la península hacia América era prácticamente imposible, por lo que, en 1817, se encargó al Jefe de Escuadra e Ingeniero Naval Honorato de Bouyon la compra de diversos barcos a Francia. Negociador hábil, Bouyon consiguió comprar a buen precio 3 corbetas de 24 cañones, 1 goleta de 10 y un bergantín-goleta de 16 con los cuales empezar a transportar tropas hacia la Argentina. El presupuesto final, bastante ajustado para lo comprado, ascendió a 12.315.000 reales de vellón, sin embargo no eran suficientes barcos y se necesitaban comprar más... y a la corte de Fernando VII, al ver tanto real junto se le hicieron los ojos chiribitas.

Dimitry P. Tatischeff
El conocido como "rey felón" tenía una pandilla de asesores tanto o más felones que él, entre los que destacaban su secretario Antonio  Ugarte (que había sido esportillero), Pedro Collado "Chamorro" (ex aguador que se corría las juergas de cuatro en cuatro con Fernando VII) y, sobre todo, Dimitry Pavlovich Tatischeff (diplomático ruso en España y compadre de parrandas del rey) el cual consiguió convencer a Fernando VII para que, a espaldas de los militares españoles, hiciese un pedido de barcos al zar Alejandro I. La excusa fue el interés estratégico de unir lazos con Rusia, para lo cual, el encargo de 5 navíos de 74 cañones y 3 fragatas de 44 cañones por 68 millones de reales de vellón era inmejorable. Definitivamente, Rajoy no se ha inventado nada con los F-35 comprados a Trump.

Puerto de Reval (Actual Tallinn)
La compraventa, firmada secretamente con los rusos mediante el Tratado de Madrid el 11 de agosto de 1817, observaba que España pagaría una entrada de 400.000 libras (39.360.000 reales) en dos plazos, mientras que el resto hasta los 68 millones presupuestados tendría que ser pagado antes del 1 de marzo de 1818. España, que estaba más arruinada que Don Pepito, tenía que cobrar de Gran Bretaña 400.000 libras en concepto de indemnización por abandonar el esclavismo, cantidad que utilizaría para abonar la entrada. Los rusos, diligentes ellos, prepararon los barcos encargados y el 27 de septiembre salían del puerto de Reval (actual Tallin, capital de Estonia) rumbo a Cádiz. Pero algo se torció.

El zar Alejandro I de Rusia
Después de pasar por Copenhague el 25 de octubre, los barcos arribaron a Deal (Inglaterra) el 10 de diciembre de 1817 y, tras algunas reparaciones (al menos oficialmente), encararon hacia Portsmouth (Inglaterra), donde debido a los vientos en contra (otra vez oficialmente) se mantuvieron en el puerto hasta el 6 de febrero de 1818 cuando finalmente zarparon hacia Cádiz donde tendrían que llegar el 21 de febrero. Nada más y nada menos que 146 días después de salir de Reval, cuando el mismo viaje se solía hacer en 55 días. ¿Qué había pasado para que la comitiva tardase más que parto burra en llegar a su destino? Cuando llegaron a Cádiz y, tras un primer susto al ver los cascos negros de los barcos rusos sin haber sido avisados de su llegada, pudieron revisarlos, entendieron el porqué de su retraso.

Plano de Cádiz (S.XVIII)
Cuando los técnicos que tenían que dar el visto bueno a la compra inspeccionaron los barcos, vieron que buena parte de las maderas estaban muy mal conservadas y dañadas por podreduras, hasta el punto que de los 8 navíos llegados tan solo se dio por bueno 1. Los barcos, que no eran nuevos, sino de segunda mano y construidos entre 1813 y 1814, habían sido construidos al estilo ruso, es decir, con maderas de baja calidad (pino o abedul) aptas para navegar por las aguas frías del Báltico en trayectos cortos pero no para largas travesías oceánicas por aguas cálidas, como eran los construidos en roble por los astilleros españoles (ver La Corbeta Narváez, el barco español que se comieron las termitas). Lo único que se salvaba eran los cañones, que eran buenos.

Madera afectada por termitas
Ante tal espectáculo, le tocó bailar con la más fea al Ministro de Marina, José Vázquez de Figueroa, o lo que es lo mismo, entregar al rey el informe de la comisión evaluadora. Un informe que decía, aún con buenas palabras, que aquello era un "ñordo" gordo. Ugarte, Chamorro y Tatischeff, enterados del entuerto, y para quitarse el muerto de encima, comieron la oreja a Fernando VII y le hicieron creer que el Ministro de Marina y la comisión estaban conspirando contra la buena imagen del monarca, por lo que, cuando recibió el informe de manos de Vázquez de Figueroa, montó en cólera y, muy ecuánime y ponderado él, destituyó fulminantemente a todos ellos. 

Fechas de independencia
Tras reclamar al zar, Alejandro I accedió a enviar 3 fragatas en compensación, las cuales llegaron exactamente en el mismo lamentable estado a Cádiz el día 12 de octubre de 1818.

Total, que de los 11 barcos enviados por los rusos, tan solo un par de ellos llegaron a navegar tras carísimas reparaciones, siendo todos desguazados entre 1820 y 1823, muchos de ellos sin ni tan solo salir del puerto adonde habían arribado. Los pagos se retrasaron hasta el punto que se dejó por pagar el 40% de los 68 millones presupuestados, de los cuales desaparecieron 200.000 libras (19.680.000 reales de vellón) que se suponen se repartieron, en concepto de comisiones por los servicios "prestados", Tatischeff y el resto de chupópteros de la corte de Fernando VII. Una corrupción al más alto nivel que, más allá del perjuicio económico a las depauperadas arcas españolas, significó el fin definitivo de la otrora potente Armada Española y la imposibilidad de utilizarla para tratar de extinguir el fuego independentista de las colonias americanas.

La Historia pone ejemplos. Depende de nosotros aprender (o no) de ella.


Una podredura que no solo afectó a la madera

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jueves, octubre 05, 2017

Pseudomona syringae, la bacteria capaz de hacer llover

Pseudomona syringae en una hoja
Cuando observamos la naturaleza con un poco de calma y detenimiento (por ejemplo durante las vacaciones), no deja de sorprendernos la cantidad de seres vivos que interactúan entre si y como llegan a crear unas relaciones totalmente increíbles... sobre todo si nos toman por el alfiletero de un sastre (ver Una solución al mosquito tigre). Los científicos, cotillas profesionales como son, con el pasar de los años de observación de la naturaleza, han descubierto que la relación entre los seres vivos y el planeta puede llegar a ser tan brutal que el mundo que nos rodea no sería el mismo si todos esos seres no hubieran existido (ver Cuando el hombre y los pedos de mamut produjeron una glaciación: el Dryas Reciente). No obstante, a cada día que pasa, los investigadores hallan nuevas interacciones aún más sorprendentes y vitales para la vida en el planeta. Tal es el caso de la bacteria Pseudomona syringae, la cual podría tener un papel clave en el funcionamiento de algo que nunca relacionaríamos con un microorganismo: con provocar lluvias.

Daños de Pseudomonas syringae
Que la relación entre la biosfera y la atmósfera era más íntima que la de la gente en un vagón de metro en hora punta, es algo que se conoce desde hace mucho tiempo (ver El insólito fertilizante del Amazonas llamado polvo del Sahara). Sin embargo, lo que no se sospechaba ni remotamente era que había bacterias que eran capaces de hacer llover y utilizar la lluvia para dispersarse por el ambiente para, de esta forma, poder llegar a zonas donde no llegarían yendo por la tierra. Un sistema de transporte ciertamente peculiar.

Aprovechan la caída de gotas
Los investigadores, mientras que estudiaban los efectos de las heladas sobre las plantas de cultivo, vieron que algunas bacterias del género Pseudomona, bien conocidas por crear manchas en la superficie de las plantas, tenían la capacidad de hacer subir la temperatura de congelamiento del agua. Ello significaba que, en vez de congelarse a 0 grados, se congelaba por encima de este nivel hasta los +1.8º, gracias a la interacción con una proteína específica que estas bacterias con forma de croqueta con cola tienen en su superficie, y que les permite ordenar las moléculas de agua de tal forma que favorecen la creación de hielo. ¿Y para qué esta facultad? Pues para comerse las plantas. Sencillo.

Ayudan a que escarche antes
Efectivamente, la Pseudomona syringae, especie de gran virulencia infecciosa que afecta a tomates, remolachas y diferentes cereales, aprovecha su capacidad de hacer cristalizar el agua por encima de 0º para hacer daños sobre la superficie de las hojas aún antes de producirse la helada, y así poder infectar la planta. Lo más gracioso es que, para distribuirse por el ambiente, esta bacteria aprovecha los aerosoles (digamos las microgotitas) que se forman cuando choca una gota de lluvia contra el suelo para "montarse" en ellas y dejarse llevar por el viento hasta zonas muy alejadas. Pero no acaba aquí la interacción con la lluvia.

Bacilos viajeros
El microorganismo, de esta forma, al estar volando dentro de una microgota de agua, tiene la capacidad de congelar el agua a su alrededor, creando un núcleo de hielo a partir del cual se genera o bien una gota de lluvia (en caso de temperaturas relativamente altas) o un núcleo de granizo (con temperaturas bajas y corrientes de aire fuertes), con los cuales desplazarse y colonizar nuevos territorios.

La lluvia como forma de transporte
Así las cosas, la presencia de Pseudomona syringae en la atmósfera estaría directamente implicada en la producción de lluvia y de granizo en numerosas partes del mundo, ya que actuarían como núcleos de concentración de humedad permitiendo una precipitación que, de otra manera, no se habría producido. No en vano, se han encontrado en grandes cantidades en el núcleo del granizo, mientras que prácticamente no hay en su superficie.

Crean los nódulos de la piedra
Total, que por mucho que nos creamos que conocemos al dedillo todo el mundo que nos rodea y que somos los "putos amos" de la Creación, jugando con nuestro medio ambiente como nos sale de los mondongos, la verdad es que es mucho más lo que ignoramos que lo que conocemos de él. Un desconocimiento que, fruto de la soberbia y falta de humildad humana, puede llevarnos a generar un "efecto mariposa" tal que, en vez de ser los beneficiados, seamos los principales afectados.

Y es que la ignorancia, siempre, siempre, es atrevida.

Demasiado.

Pseudomona syringae, una bacteria capaz de hacer llover

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lunes, septiembre 25, 2017

La macabra innovación española de bombardear con gases asfixiantes la población civil

Efectos del gas mostaza
Cuando acabó la Primera Guerra Mundial (ver Henry Gunther, el último muerto de la 1ª Guerra Mundial), una de las primeras cosas que hicieron los Aliados fue prohibirle a los alemanes el uso, la fabricación y la importación de gases tóxicos que fueran susceptibles de ser usados en una guerra, tal fue el terror que produjo el uso indiscriminado de este tipo de armas en el frente. La firma del Tratado de Versalles en 1919 lo ratificó y lo llevó a cabo, pero si de algo sirven las guerras es para ser un perfecto escaparate donde mostrar en acción los últimos "avances" en el matarile colectivo, y unas de las armas más vistosas fueron el Gas Mostaza y sus derivados. El rey Alfonso XIII, aficionado a las armas hasta las trancas (los ciervos y los linces de Doñana aún se acuerdan de sus batidas) creyó que los gases tóxicos serian perfectos para controlar el molesto grano en el culo del "glorioso" Ejército Español en que se había convertido el conflicto del Rif, por lo que dio orden para comprarlas... y usarlas. El único inconveniente es que, a partir de entonces, España obtuvo el dudoso honor de ser el primer país del mundo en utilizar gases asfixiantes sobre población civil. Cosas veredes.

Desastre de Annual
1921 fue un mal año para los militares españoles que ocupaban el siempre problemático norte de Marruecos, el conocido como Rif (ver La trágica semana en que las momias bailaron con los obreros). Esta zona, desértica y pobre con avaricia era una de las pocas zonas del África que las potencias europeas, a modo de limosna por la antigua gloria, habían dejado que España controlara, eso sí, con la supervisión de Francia. Y es que las fuerzas irregulares del jefe rifeño Abd el-Krim habían dado hasta en el velo del paladar a las fuerzas de los generales Berenguer, Navarro y Silvestre, provocando una auténtica masacre con más de 13.000 soldados muertos. El desastre, conocido como el Desastre de Annual y propiciado por la secular chapucería militar española (ver La US Navy, la Armada y la bochornosa buena puntería española), fue de tal calibre, que produjo un terremoto político en Madrid que llevó a la caída del gobierno de Allendesalazar, su cambio por Maura y a unas ganas terribles de venganza por parte del Ejército debido a la humillación sufrida.

Abd El-Krim
Así las cosas, el gobierno español contactó con el encargado de destruir el armamento químico alemán y antiguo jefe del Servicio Alemán de Guerra Química, el químico Hugo Stoltzenberg, el cual, por un lado oficialmente destruía el armamento para los aliados, pero, por detrás, se dedicaba a venderlo en el mercado negro y a fabricarlo de forma igualmente clandestina. De esta forma, el Ejército Español consiguió las primeras bombas de gas mostaza, las cuales se montaron en aviones y se empezaron a lanzar sobre los puntos de agua y sobre las zonas más pobladas del Rif a las horas de más afluencia de gente. O lo que es lo mismo, por la mañana y en los zocos abarrotados de gente. Los trágicos efectos son fáciles de imaginar.

Generales Berenguer y Silvestre
Tanto gustó el inventito y tanta cantidad se necesitaba, que el propio Stoltzenberg, a propuesta del gobierno español, montó en 1923 una fábrica para desarrollar este tipo de armamento en España, más concretamente en La Marañosa (Madrid). En esta situación, la producción de gas tóxico se llevaba hasta Melilla, donde se montaban las bombas y desde donde se procedió al bombardeo masivo de las cabilas rifeñas. Bombardeo que se llevaba con el máximo secretismo posible. Por un lado, por estar este tipo de armamento prohibido a nivel internacional y por otra por la supuesta imposibilidad de fabricación de los gases por los alemanes, lo cual hubiera dejado con el culo al aire el trabajo en el mercado negro de su principal suministrador, Stoltzenberg.

Breguet XIV
La campaña de envenenamiento sistemático de los indígenas norteafricanos (ver La belleza escandinava de los bereberes de ojos azules) se extendió desde 1922 hasta 1927 -momento en el que Abd el-Krim, se rindió y acabó la guerra- durante los cuales, con más de 500 aviones conducidos la mayoría de veces por pilotos extranjeros mercenarios, se llegaron a lanzar 470 toneladas de productos químicos asfixiantes. Valga como ejemplo de la virulencia de su uso que tan solo entre el 22 y el 23 de junio de 1924 se lanzaron 10 toneladas de gas. Nada lo del ojo, y lo tenía en la mano. 

Protectorado español de Marruecos
El uso de estas armas y sus funestas consecuencias medioambientales fue ocultado por todas las partes (los españoles y los franceses por razones obvias y Marruecos porque los rifeños se habían revuelto contra el Sultán fundando un breve estado independiente) y tan sólo unas pocas referencias han quedado como testimonio histórico. No en vano, en la actualidad, el Rif es la zona con mayor impacto de cáncer de todo Marruecos y la zona de la que proceden la mitad de los niños afectados de cáncer infantil de todo el país. 

En definitiva, en estos tiempos convulsos en que la cordura ha desaparecido de un plumazo y parece que a nadie le importe, el recordar este ignominioso pasaje de la Historia nos tendría que hacer pensar que las guerras no sirven absolutamente para nada y que, gane quien gane, pierda quien pierda, siempre hay alguien que pierde: la Humanidad.


Bombardeos españoles del Rif con armas químicas (1924)

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sábado, agosto 19, 2017

Atentados de Barcelona: la encomiable e histórica normalidad de los barceloneses

Homenaje a las víctimas
Medio recuperados emocionalmente de los recientes atentados de Barcelona y Cambrils, una de las cosas que más ha sorprendido a la opinión pública mundial ha sido ver la reacción que la población barcelonesa ha tenido tras el atentado. El grito generalizado de "No tinc por" (no tengo miedo), por más que a más de uno aún le temblasen las piernas, y la imagen de normalidad de Las Ramblas llenas de gente a las pocas horas del incidente, ha sido una auténtica lección a nivel internacional de la ciudadanía barcelonesa contra el terrorismo. Tal vez ello pueda haber sorprendido a muchos, pero Barcelona tiene una larga historia y esa mezcla extraña entre flema, orgullo y "rebote" no es la primera vez que se muestra. Justamente tras la caída del Sitio de Barcelona el 11 de septiembre de 1714 pasó una cosa muy similar.

Sitio de Barcelona de 1714
Estamos en plena Guerra de Sucesión, y tras la firma de los Tratados de Utrecht en 1713 por los austriacos e ingleses (ver El Tratado de Utrecht o cuando la Historia pasó por Hospitalet), éstos dejan más solos que la una a los catalanes contra las tropas castellano-francesas de Felipe V. Los catalanes, en vista de la zarabanda de palos que barruntan que se les viene encima, deciden cerrarse en banda y aguantar el sitio a Barcelona al precio que fuese. La táctica les funciona desde el 25 de julio de 1713 hasta septiembre de 1714, pero tras fallar todos los intentos antiborbónicos de dar la vuelta a la tortilla, los peores augurios se hacen realidad: el 11 de septiembre de 1714 los defensores barceloneses se rinden.

Asalto final del Sitio de 1714
Barcelona, en aquellos momentos se encuentra absolutamente destrozada. Tras 14 meses de asedio, los sucesivos bombardeos de las tropas felipistas han derribado completamente un tercio de las casas de la ciudad y otro tercio resulta con graves daños. El coronel de la Coronela (la milicia catalana que defiende Barcelona), Rafael de Casanova, ha sido herido y para evitar una masacre aún mayor -más de 6.000 barceloneses han muerto durante el asedio-, se decide la entrega de las llaves de la ciudad, cosa que hace el sargento mayor Félix Monjo en la tarde del día 12. 

Las bulliciosas Ramblas de siempre
Así las cosas, durante la mañana del día 13 las tropas francesas entran en orden en Barcelona y el espectáculo que recibe a los vencedores les sorprende. Los barceloneses, vencidos y agotados hicieron correr la voz de volver a la normalidad de la vida habitual como si nada hubiera pasado, en un último estertor de orgullo y dignidad. Una normalidad imposible, habida cuenta lo pasado, pero que era preciso alcanzar cuanto antes: quien aún tenía taller, lo abrió; quien aún tenía tienda la abrió (aunque no tuviera nada que vender) y quien aún mantenía su trabajo, fue a él. La posguerra sería durísima para todos (ver Nova Barcelona, el exilio de los vencidos el 11 de septiembre de 1714), pero solo cabía seguir y salir adelante. Talmente como ahora.

Barcelona es mucha Barcelona
Aquellos barceloneses del siglo XVIII fueron derrotados, pero lo más importante tras la derrota es levantarse de nuevo... y ellos lo hicieron. De esta forma, tras los atentados yihadistas que se han llevado por delante a 14 personas y heridas a más de 100 en el batiente corazón de Las Ramblas, la única respuesta posible es seguir y salir adelante. Hacer balance, aprender de los errores y continuar con una normalidad que, aunque parezca ser imposible, es la mejor forma de levantarse, sacudirse el polvo y decir alto y claro a los terroristas que, Barcelona es mucha Barcelona... y no tenemos miedo.

No tenim por.
No tinc por - No tengo miedo - Je n'ai pas peur - I'm not afraid

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jueves, agosto 03, 2017

Bell Rock, el faro en medio del Mar del Norte

El faro de Bell Rock
Los faros marítimos, por bien que hoy en día han perdido mucha de su importancia vital para la navegación en beneficio de los modernos GPS, es una de aquellas infraestructuras que llaman poderosamente la atención. Su tarea de marcar con luces visibles en la distancia la linea de la costa o los escollos peligrosos para los barcos, ha sido durante siglos un seguro de vida para la marinería. Sus beneficios son indudables (ver El Faro de Buda o la crónica de la muerte de un delta), pero para que sean eficaces, los faros han de estar en zonas de difícil acceso de la costa o incluso dentro del mar mismo, por lo que la construcción y mantenimiento de un faro tiene un componente épico muy importante. Y para épica inconmensurable, hay uno que se lleva la palma: Bell Rock, el faro en medio del mar del Norte.

Un arrecife muy traidor
El Mar del Norte, debido a su peculiar batimetría y origen geológico (ver Doggerland, la Atlántida del Mar del Norte), ha sido desde antiguo un mar difícil y peligroso. Su ubicación en el Océano Atlántico Norte, limitado pero abierto, embravecido y con sus inesperados bajíos, ha sido el temor de los navegantes desde que al ser humano se le ocurrió coger una cáscara de nuez y navegar por aquellas aguas de Dios. Si a eso sumamos una costa recortada y llena de escollos como la costa escocesa, entenderemos por qué, después de que cada año naufragasen un mínimo de 6 barcos y de que una tormenta sola fuera capaz de enviar a pique no menos de 70 embarcaciones, en 1806 el parlamento británico diera permiso para la construcción de un faro a 18 km mar adentro de la costa de Arbroath, en el arrecife de Inchcap, más conocido por Bell Rock (Roca de la Campana).

Proceso de construcción
La construcción no estuvo exenta de complicaciones. De hecho, el arrecife estaba en medio del camino al fiordo que da acceso al puerto de Dundee, y estaba puesto con tanta mala leche que, en la marea más baja solo sobresale 1,5 metros sobre el nivel del mar y en marea alta se halla a 3,5 metros de profundidad. Una auténtica trampa que hacía embarrancar a cualquier barco a poco que no fuera con cuidado. El encargado de construir el faro sería el ingeniero John Rennie, el cual dirigiría los trabajos de construcción del faro diseñado y propuesto por el joven ingeniero Robert Stevenson (abuelo del autor de “La isla del Tesoro”).

Aguantando desde hace 2 siglos
Stevenson, que fue el encargado directo de la obra (Rennie, que aunque pasó por allí dos días y punto, tuvo una pelotera con Stevenson por la atribución de la construcción del faro) se encontró con todas las dificultades derivadas de poder trabajar en seco sólo en verano y un par de horas al día como mucho. Ello hizo que los obreros -unos 110 hombres- tuvieran que estar viviendo en un barco a 400 metros de Bell Rock y cada día remaran hasta el escollo para llevar el material con el cual construir un palafito (una casa sobre el agua, vaya) en el cual refugiarse cuando subiera el mar y permitiera trabajar a los canteros y los herreros. Esta construcción les llevó prácticamente toda la temporada de 1807.

Esquema de la primera hilera
En mayo siguiente, y viendo que la construcción aguantaba, empezaron a levantar el faro propiamente dicho. Stevenson, tomando el faro de Eddystone como inspiración, diseñó un faro que fuera capaz de soportar las peores embestidas del mar. Para ello, creó una base troncocónica de unos  9 metros de alto formada por bloques de granito y arenisca que, como si fuera un puzzle, encajasen entre si y fueran capaces de absorber la energía de las olas sin comprometer la estructura del faro.

Así las cosas, durante la segunda temporada (del 25 de mayo al 21 de septiembre de 1808) se procedió a excavar los cimientos de 60 cm de profundidad en la arenisca que forma el arrecife y de levantar las 3 primeras hileras de sillares. ¿Le parece poco? Si cuenta que en los dos primeros años no se llegó a trabajar más de un mes seguido, aún hicieron demasiado. Después, conforme fueron sacando la construcción del agua, la cosa se aceleró, acabándose el faro en 1810 e inaugurándose el 1 de febrero de 1811.

4 años de construcción
El faro de Bell Rock, de 35,30 metros de altura, utilizó 2.835 bloques de piedras talladas expresamente para levantar las 81 hileras que sostienen la linterna (de donde sale la luz, vamos), variando desde los 12,80 metros de diámetro en la base, hasta los 4,11 de la parte superior. Las paredes, si bien en los primeros 9 metros es una masa maciza de sillares en piedra encajados entre si y mortero especial resistente a la humedad, pasaban progresivamente de los 1,75 metros de grosor a los 0,96 metros. Paredes que contenían 5 cámaras interiores que, alojando la escalera de caracol y las estancias de los fareros, conferían al conjunto tal solidez que, en más de dos siglos no se ha tenido que hacer ninguna modificación estructural a pesar de los embates de un mar que, en los días de tormenta es capaz de traer (y llevar) al arrecife “chinas” de más de dos toneladas de peso como si fueran de corcho. No en vano es uno de los faros de mar adentro más antiguos y aún en activo.

Robert Stevenson
La existencia del faro, que emite una luz visible a 33 km, cambió la seguridad de la zona por completo. Desde el momento de su inauguración tan solo un naufragio de una fragata durante la Primera Guerra Mundial (durante las grandes guerras se mantuvo apagado y se encendía si se avisaba con tiempo, cosa que no hizo) y un accidente de un helicóptero que tocó el faro y se estrelló en 1956, han sido los incidentes más graves que han habido en sus alrededores.

Soledad en medio del mar
En la actualidad el faro de Rock Bell está automatizado, por lo que la necesidad de tener una cuadrilla de personas de mantenimiento residente en él ha pasado a la historia. Sin embargo, pensar lo que debía de ser soportar montañas de agua de decenas de metros (ver Las misteriosas olas gigantes) impactando directamente sobre el débil cuerpo del faro, hace que, ante la visión de esa torre perdida en medio de la inmensidad del océano, no pueda, por menos, que estremecerme. Estremecerme de respeto por todos aquellos valientes que, en algún momento, arriesgaron su vida por construir y mantener encendida una luz salvadora en mitad de la oscuridad más absoluta y tenebrosa. Una luz que, lejos del agua, bien pudiera ser la guía de nuestra propia existencia.

Escalera de caracol del faro de Bell Rock

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jueves, julio 27, 2017

Siglos y siglos...y aún funciona: La Cloaca Máxima

La Cloaca Máxima
Que los romanos fueron unos adelantados a su época es algo que, por sabido, a estas alturas de la historia ya es conocida de todo el mundo (ver Las ínsulas, los adelantados bloques de pisos de los romanos) y no estoy diciendo nada que se salga del guión. Sin embargo, ya han pasado 2.000 años desde el esplendor de aquella cultura y sería normal que de ella quedasen pocos restos, puesto que el tiempo se ceba -mírese en el espejo- con cualquier elemento humano. Pues bien, no sólo hay vestigios a patadas (sobre todo en la propia Roma), sino que incluso algunas infraestructuras, fueron tan prácticas y bien diseñadas que han llegado hasta día de hoy...¡en activo!. Tal es el caso de la Cloaca Máxima de Roma, la cual, 2.500 años después de su construcción aún funciona a pleno rendimiento. Increíble, pero cierto.

Antigua salida al Tiber
Cuando sentado en tu “trono imperial” escuchas el clic del interruptor de la luz del lavabo del vecino de arriba, no puedes, por menos, que pensar que ese edificio no va a ser estudiado por los arqueólogos del futuro. Bien al contrario. El hecho de que en la actualidad se tenga más en cuenta la obsolescencia programada de lo que se construye (léase, aguanta mientras cobro) que hacer un producto de calidad, indigna tanto más vas descubriendo que cualquier cosa construida anteriormente tiene más visos de durar que lo actual; y el caso de la Cloaca Máxima de Roma, resulta paradigmático.

Esquema del recorrido
Siete siglos antes de Cristo, Roma era una vaguada cercana al río Tiber que se encontraba entre las celebérrimas siete colinas. Estas colinas, separadas entre ellas unos pocos cientos de metros, estaban ocupadas por los etruscos, los cuales habían construido las cimas ya que eran más fáciles de defender de sus vecinos. No obstante, cuando los primigenios emplazamientos empezaron a expandirse, se dieron cuenta que el fondo del valle que los separaba era una zona pantanosa y que impedía su propio desarrollo.

Recorrido sobre Roma actual
Hacia el 600 a.C. -hay quien lo data en el -616-, el rey Tarquinio Prisco se decidió a hacer un canal a cielo abierto que comunicara el fondo de aquella vaguada con el río Tiber. La idea era que todo el exceso de agua drenada de las colinas romanas, fuera canalizada y desaguase en el río para secar aquella zona pantanosa y pudiese ser habitable. Dicho y hecho.

De esta forma, con mano de obra semiesclava (es decir, contrato temporal, cobrando una miseria, haciendo más horas que un reloj y al que no quería trabajar, se le crucificaba -literal-) se abrió un canal de unos 1.500 metros que permitió que aquel espacio llamado Velabro pudiera finalmente ser transitado. Eso sí, como no tenía cobertura, mejor estar atento por si caías dentro.

Tramo aún en activo hoy día
Con el tiempo, los romanos ocuparon el Velabro, y dado que la gente no hacía más que caer (iban todos mirando sus “tablets” de cera, claro), el canal se fue cubriendo progresivamente con grandes bloques de piedra. Ello creó una canalización subterránea de unos 3 metros de ancho por 4 de alto y enterrado a 6 metros de profundidad que recibía las aguas pluviales, el excedente de las fuentes y las cochambres humanas, llevándolas directamente al Tiber.

Templete a Venus Cloacina
La expansión de Roma hizo que el sistema de alcantarillado de los etruscos no sólo no quedara obsoleto, sino que fuera totalmente activo, por lo que se adaptaron y añadieron nuevos tramos de alcantarillas que permitieron drenar toda el área de la Roma Antigua. El Velabro -aún propenso a inundaciones y aprovechado por Nerón para sus ratos de asueto (ver Nerón y el trozo que le falta al Coliseo de Roma)- había pasado a ser el Foro, con la Cloaca Máxima circulando bajo sus pies. Y hasta tal punto era apreciada la infraestructura que se le dedicó un templete con una diosa particular y todo: Venere Cloacina (la Venus de la Alcantarilla en latín. Los romanos, ante todo prácticos).

La salida antigua es visitable
Los siglos pasaron, y si a los romanos les fue de perlas (incluso tiraban cadáveres humanos, caso del emperador Heliogábalo y del mártir San Sebastián), a los italianos que vinieron después, ya ni les cuento. De esta forma, recorriendo el suelo romano a 12 metros de profundidad -el suelo ha subido 6 metros desde época antigua-, si bien con derivaciones, anulaciones y apaños varios, ésta infraestructura sanitaria aún es utilizada en muchos tramos tal y como la construyeron los etruscos y romanos, siendo capaz de haber llegado hasta la actualidad. La antigua salida de la Cloaca Máxima al Tiber, situada al lado del Puente Rotto, si bien no está en activo porque el caudal está derivado a la red general de alcantarillado de Roma, aún es visitable (graffitis, vagabundos y crecidas del Tiber, mediante) .

Arco etrusco en activo
En conclusión, que si se queja que su piso pagado a precio de tocino magro es una castaña pilonga, con paredes de papel y acabados de trapo, que sepa que los romanos hacían construcciones que aún se utilizan en la actualidad. Ello significa que, no es que la humanidad no sepa construir cosas con cara y ojos -nada más lejos de la realidad- sino que, como quien marca la pauta es Don Dinero, su inalienable derecho a la vivienda no es más que un pingüe y deleznable negocio para algunos.

Y a esos sí que es como para tirarlos a la Cloaca Máxima, como a San Sebastián.

La Cloaca Máxima, en activo desde hace miles de años

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