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martes, agosto 18, 2015

Amaxofobia o el pánico a conducir un vehículo

Miedo a conducir
Miedo a conducir
Si hacemos caso a los anuncios de automóviles, el hecho de conducir es una sensación placentera sin igual en la cual puedes experimentar una sensación de libertad y relajación realmente incomparable... aunque, claro, cuando te encuentras atrapado en una cola de 10 km en la Ronda de Dalt y en mitad de agosto, el romanticismo y el idealismo de los anuncios se los meterías al creativo por salva sea la parte. Con todo, aunque la realidad esté a años luz de lo que nos quiere vender el márketing automovilístico, la verdad es que el conducir un coche puede llegar a ser divertido y relajante... siempre que te guste. Y es que hay gente a la cual, no solo no le gusta, sino que incluso llegan a tener un miedo atroz a coger el coche, muchas de las veces aún teniendo el carnet. ¿Le pasa a usted? Pues sepa que entonces padece amaxofobia.

Caos incontrolable
Caos incontrolable
Tener que cruzar la Plaza España de Barcelona en hora punta es lo más parecido que hay a conducir por el caos circulatorio de Bangkok. Coches, camiones, motos, autobuses, taxis... cruzándose continuamente al ritmo que marcan los semáforos y las diferentes combinaciones de trayectoria hacen poner los pelos como escarpias al conductor más experimentado. Tanto es así que, sabiéndolo, los examinadores de autoescuela hacen pasar por medio a sus ingenuas "presas" según tengan ganas o no de hacerlos suspender, ya que es prácticamente imposible cruzarla siguiendo correctamente el código de circulación. Esta presión y sensación de caos incontrolable, sobre todo en el caso de conductores noveles, puede ser la espoleta para desarrollar una fobia a la conducción que puede llegar a ser incapacitante para una cierta cantidad de la población. Y hay más gente que la padece de lo que parece.

Puede ser incapacitante
Puede ser incapacitante
Más de 15.000 personas -de las cuales el 87% son mujeres y el 13% hombres-, según los estudios, son las que padecen en España algún tipo grave de amaxofobia. Una fobia que está caracterizada por ataques de ansiedad, sudores, taquicardias, llantos inconsolables e incluso de auténticas crisis de pánico que llevan al conductor a negarse en redondo a coger un coche y, en el peor de los casos, incluso a no querer ni ir de pasajero de un automóvil. Alguien pudiera pensar que mientras que utilicen el transporte público, ya está todo arreglado, pero tal como están de mal estructurados, muchos de estos afectados se ven auténticamente aislados, ya que cualquier tipo de transporte privado es, por culpa de esta fobia, un auténtico tabú.

La amaxofobia tiene origen traumático
La amaxofobia tiene origen traumático
El origen de la amaxofobia, según los especialistas, proviene de una experiencia traumática en relación a la  conducción, ya sea un accidente o una mala experiencia al volante. En ella, la experiencia previa condicionaría nuestra mente generando toda una serie de pensamientos negativos y catastrofistas a priori de la conducción, haciendo que exageremos los riesgos y las consecuencias que se puedan derivar del hecho de ponerse al volante de un automóvil. Según este patrón, el afectado, al pensar que ha de subirse al coche, que tiene la responsabilidad de su seguridad y de las personas que lo rodean y que, además, no puede controlar al 100% los riesgos provenientes de los demás conductores, sufre un apabullamiento tal que sufre la necesidad de huir de la escena. O lo que es lo mismo, no quiere subir a un vehículo ni harto de vino.

Hay autoescuelas que la tratan
Hay autoescuelas que la tratan
La solución es, como en todos estos casos, de difícil aplicación, ya que se trata de racionalizar el miedo, ver la parte buena de las cosas e ir exponiendo al amaxofóbico poco a poco ante sus traumas; incluso algunas autoescuelas hacen cursillos para perder el miedo a conducir. Eso sí, como caigan en manos de algún cernícalo metido a terapeuta conductual y la exposición de nuevo sea demasiado traumática, en vez de volver a disfrutar de la conducción, el afectado no va a poder ver ni los coches del scalextric. Todo tiene sus riesgos, evidentemente.

Total que la próxima vez que le de un "yuyu" conduciendo y le venga miedo a coger el volante, no se sulfure y recuerde que, tal como está el tráfico hoy en día en las ciudades, va a pasar más tiempo parado que moviéndose, con lo cual los riesgos de padecer un accidente grave, son prácticamente nulos. Y eso, para los que nos gusta conducir y odiamos los embotellamientos, sí que nos quita las ganas de conducir y nos pone los pelos de punta.

¡Y mucho!

Se ha de tener respeto a la conducción pero no miedo
Se ha de tener respeto a la conducción pero no miedo


Para saber más

viernes, agosto 14, 2015

La real y truculenta historia que inspiró a Moby Dick

La realidad supera la ficción
Una de las novelas que más ha impactado en la literatura mundial ha sido Moby Dick de Herman Melville. En ella, Acab, un capitán ballenero sediento de venganza, pretende matar al precio que sea al cachalote albino que un tiempo atrás le arrancó una pierna y que se escapa una y otra vez de su afilado arpón. La novela acaba (perdonen el spoiler si no la han leído) con que la ballena ahoga al capitán que ha enredado su única pierna en la cuerda del arpón y hunde el barco ballenero tras embestirlo como si fuera un torpedo, quedando un único testigo para contar la historia. Esta es la novela, pero... ¿sabía que Melville se inspiró en hechos reales para escribir su relato? Como tantas otras veces, la realidad supera con mucho a la ficción y, en este caso, no es una excepción. Me refiero a la increíble odisea del ballenero Essex y del tremendo destino de sus tripulantes.

La caza de ballenas era un riesgo
La caza de las ballenas durante el siglo XIX era una auténtica temeridad. Los marinos, que perseguían a los cetáceos en sus barcos de vela, se embarcaban en largas singladuras que podían obligarlos a estar varios años en pos de sus valiosas presas. Ello significaba llevar unas vidas muy duras y sacrificadas que llegaban al paroxismo del riesgo en el momento de la caza misma de las ballenas ya que, al tener que efectuarse desde cerca con frágiles chalupas y rudimentarios arpones, el pescar un cachalote de cierta envergadura se parecía a la lucha de los neanderthales con los mamuts (ver Wrangel, el dominio del último mamut) , más que a una pesca relativamente moderna. En este caso, el ballenero Essex salió el 12 de agosto de 1819 de Nantucket (Massachussets, costa atlántica de los EE.UU.) dispuesto a pescar durante dos años y medio en las zonas de caza de las ballenas en el Pacífico.

Reproducción del Essex
El barco en sí no era gran cosa para lo que acostumbraban a ser -30 metros de eslora y 238 toneladas- y el 16 de noviembre de 1820, después de dar la vuelta por el Cabo de Hornos y remontar el Pacífico, en medio de la nada más absoluta, el Essex dio con una manada de cachalotes. Los 20 tripulantes del barco se pusieron en marcha y arriaron sus botes para darlos caza.

En medio de la acción, uno de los cachalotes, con más de 25 metros de longitud, hace una maniobra totalmente inesperada para la tripulación: pasa al ataque.

El ataque visto por un superviviente
Es entonces cuando la gente del barco se da cuenta que algo no va bien, ya que el cetáceo -que era casi tan grande como el propio barco-, loco de rabia por ver el sufrimiento de sus congéneres, se lanza como un torpedo contra el casco del Essex, impactando violentamente contra su parte delantera. La tripulación que quedaba en el barco, tras rodar por la cubierta debido al monumental choque frontal, descubrió para su horror que la ballena había provocado una vía de agua en la proa del ballenero. No obstante, el gran cachalote, con más fuerza y rabia que nunca, volvió a embestirlos, abriendo aún más la vía de agua. Los tripulantes que no estaban en las chalupas de caza, a pesar de achicar agua como locos, tuvieron el tiempo justo de cargar los víveres y agua de emergencia, unos cuantos instrumentos de navegación y salir pitando. Se habían salvado los 20 tripulantes y 3 botes balleneros, pero la tierra más próxima se encontraba a más de 2.500 km del punto del naufragio y las iban a pasar putas... muy putas.

Chalupa ballenera con velas
Al día siguiente, una vez pasado el shock, decidieron navegar hacia el sur, habida cuenta que ir hacia el oeste en búsqueda de las islas Hawaii iba a ser poco más que imposible, y menos en temporada de huracanes. Por ello, el capitán, que era un joven de 29 años llamado George Pollard Jr., decidió ir a encontrar las costas de Perú o de Chile, las cuales se tardarían en alcanzar no menos de 56 días. Los botes estaban equipados con dos mástiles y velas, por lo que navegar no tendría que ser ningún inconveniente, pero estaban totalmente a merced de los vientos, de las tormentas y las corrientes.

Los días pasaban lentos sin ver tierra ninguna, pero lo peor eran los días de calma chicha, en que el sol inclemente los machacaba igual que el no poder avanzar, ya que cuanto más tiempo pasara, menos posibilidades de sobrevivir tendrían. Los alimentos y el agua se reducían cada vez más y la cosa se iba poniendo cada vez más peliaguda. La desesperación, el hambre y la sed, empezaron a hacer mella: la propia orina se volvió el mejor de los refrescos.

Atolón de Ducie Island
El 20 de diciembre, un mes después del accidente, llegaron a una isla llamada Ducie Island, un atolón perdido en medio del Pacífico a 2.700 km al suroeste del punto de partida de su desventura. No había prácticamente de nada, por lo que tras pasar seis días en ella, decidieron partir otra vez. No obstante, 3 de los supervivientes, emulando a Pedro Serrano (ver Pedro Serrano o los ocho años de náufrago del Robinson español) y dudando del buen término de la expedición, decidieron quedarse en la isla. El resto, retomando las chalupas, se volvieron al mar intentando escapar a las garras de la muerte oceánica.

El 10 de enero de 1821 se produce el primer muerto. El cuerpo del infortunado se viste y se lanza por la borda como mandan los cánones funerarios marineros, pero al día siguiente las cosas van a cambiar, como manda Murphy, a peor. Una tremenda tormenta sorprende a la expedición cuando se dirigía en dirección este a 3.800 km del puerto chileno de Valparaíso y se pierde el contacto entre los tres botes. El bote del primer oficial, Owen Chase, vista la imposibilidad de mantener el grupo decide seguir adelante, pero el día 18 de enero muere su segundo marinero, quedando sólo 4 tripulantes. La comida está bajo mínimos.

Impresionante trayecto en 93 días
El día 8 de febrero se produce un nuevo muerto en la chalupa y, esta vez, en vez de tirar a los peces un alimento que les va a hacer falta, deciden aprovecharlo comiendo parte del cuerpo antes de que se le pudra. Para ello, hacen un fuego en la barca y lo cocinan antes de que lo tengan que tirar. La desesperación es total y absoluta. Si no encuentran tierra pronto morirán de hambre sin remisión, pero por suerte, el día 18 de febrero a las 7 de la mañana, cerca del archipiélago de Juan Fernández, Owen Chase y dos supervivientes, ven un barco inglés. Es el fin de su penitencia; una penitencia que les ha llevado 93 días y recorrer la friolera de 7.392 km en medio de la inmensidad de un desierto húmedo y azul.

Owen Chase
El 25 de febrero el barco inglés atraca en Valparaíso y el 17 de marzo, los supervivientes de la chalupa de Chase se encuentran con el capitán Pollard y otro marino que son los dos últimos supervivientes de su bote. En su caso, se repitieron los episodios de canibalismo, con el añadido que uno de ellos -para más inri primo de Pollard-, tras sorteo, fue sacrificado de un tiro en la cabeza y comido por los dos supervivientes, lo que permitió que fueran encontrados por un buque que ni tan solo vieron debido a su estado moribundo. La tercera barca, separada también del grupo, se perdió irremisiblemente y jamás se volvió a tener noticias de ellos. Por su parte, los tres que se quedaron en la isla Ducie sobrevivieron hasta el 4 de abril de 1821, en que fueron recogidos por un barco que, informado por los otros cinco supervivientes, fue, por fin, a recogerlos.

El escritor Herman Melville, que se metió a ballenero durante una parte de su vida, tuvo conocimiento de esta truculenta historia relatada por Owen Chase y fue la fuente de inspiración que le llevó a escribir en 1851 su famosa novela Moby Dick. Novela que ha pasado a la historia por poner en negro sobre blanco el enfrentamiento entre la maldad humana contra otra maldad, más poderosa e implacable, que es la fuerza atroz de la naturaleza. 

Gregory Peck en el papel de Acab
En estos momentos en que el hombre está intentando dominar y dar caza a la gran ballena blanca que es el propio planeta, tal vez fuera buen momento para reflexionar y ver cual es el camino que llevamos. Mucho me temo que, si no ponemos un poco de cordura con nuestras acciones y actuamos con un poco menos de ambición materialista, acabaremos como el capitán Acab: en el fondo del mar atado a nuestro propio arpón.

...o eso o comidos entre nosotros. Usted verá.


Los cachalotes son pacíficos e inofensivos, pero no siempre

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miércoles, agosto 12, 2015

La cica, un eslabón perdido en nuestro jardín

Cycas revoluta, un fósil viviente
Durante el paso del tiempo, los seres vivos se han ido adaptando mal que bien a todas las circunstancias que se han ido encontrando por delante. Depredadores, condiciones climáticas o geográficas, alimentación... de esa adaptación (la mayor parte de veces a golpe de vida o muerte) en la que cada uno ha buscado la mejor forma de tirar adelante con su vida, nos ha llegado hasta la actualidad la gran biodiversidad que tenemos -aún de tendencia menguante- en el planeta. El cambio ha sido, desde siempre, el leit motif de la biosfera (ver El curioso trampantojo biológico de la pata de un caballo) pero, en algunos casos excepcionales, nos encontramos con seres por los que parece que los millones de años no hayan pasado por ellos, mostrándonos una foto viva de un tiempo anterior. Lo más interesante del asunto es que uno de estos especímenes -llamados también fósiles vivientes- es muy posible que lo haya conocido en persona y que lo tenga en su jardín o en su terraza: la Cica.

Muy habitual en jardinería
La Cica (Cycas revoluta) es una pequeña planta del estilo de la palmera que ha sido profusamente plantada en los jardines públicos y particulares de toda el área mediterránea, sobre todo por su toque exótico y su resistencia a la sequía. Y es que, esta planta proveniente del sur de Japón que puede llegar hasta los 2 metros y los 200 años de vida, aunque pueda llegar a confundirse con un palmito si no estamos muy duchos en jardinería, no tiene nada que ver con ellos ni con el resto de palmeras. De hecho, está más relacionado con los helechos y los pinos que con las palmas, y es justamente esta rara característica la que lo hace interesante, ya que en sus hojas podremos ver un auténtico eslabón perdido entre los tres tipos de árboles.

"Piña" masculina
Si nos fijamos en su porte, la cica no se diferencia mucho de una palmera pequeña, con sus hojas pinnadas que nacen en el tronco. Sin embargo, si miramos de cerca las hojas de la cica, podremos percatarnos que tienen una forma que nos recuerda a las largas agujas de los pinos, pero no solo eso, sino que las flores masculinas (hay cicas y "cicos") tienen la forma de una piña de pino abierta, blanda y de unos 50 cm que crece en el centro de la planta. El tronco, por su parte, en su estructura se asemeja bastante al de una palmera y por su aspecto externo a los helechos arborescentes, mientras que sus frutos (los cuales crecen en una especie de "col rizada" que sale en el centro de las cicas hembras) se parece a un piñón del tamaño de un higo, haciendo de esta planta un totum revolutum mezcla de palmeras, coníferas y helechos, como mínimo curiosa. No obstante, por algo se le llama "fósil viviente".

Fósil de cicadacea del Jurásico
Como antes he comentado, la cica no ha cambiado de estratagema vital en millones de años, y los parientes de las cicas actuales se han llegado a encontrar fosilizados en rocas del Paleozoico: Nada más y nada menos que hace casi 300 millones de años. Con todo, los paleontólogos consideran que la época dorada de las cicadaceas fue entre el Triásico y el Jurásico y que fueron hegemónicas en competencia con los helechos arborescentes, las palmeras y las coníferas primigenias mientras que los dinosaurios vagaban por el mundo. De hecho esta teoría se basa en la evidencia de que, en la actualidad, existen cicas en todos los continentes -tanto vivas como en el registro fósil- como demostración de su antigua distribución en el supercontinente Pangea. Toda una superviviente.

Flor femenina
Al ser tan antigua, la cica proporciona una imagen de un momento en que las plantas tenían unas características similares entre ellas, pero en las cuales se larvaban los cambios que produjeron la explosión botánica posterior. De esta forma, en la cica podemos observar el camino seguido por la evolución hasta llegar a las agujas de los pinos actuales, la de sus piñas, así como la de los troncos de las palmeras actuales y sus frutos. Todo ello sin olvidarnos que nos da un magnífico retrato de los helechos que conformarían los grandes bosques tropicales del Secundario y que consumimos hoy en día en forma de carbón para nuestras chimeneas (ver El bosque petrificado de Jaramillo).

Semillas de Cycas revoluta
Sea como sea, en la actualidad, la cica ha dejado su puesto de líder vegetal a otras especies más evolucionadas que le han ido comiendo el terreno, pero el hecho de que aún se encuentre entre nosotros y que el hombre -a pesar de la toxicidad de la planta- no haya acabado con ella, es reflejo de haber sido todo un éxito evolutivo. Es posible que de aquí a millones de años, las cicas aún ronden por el planeta, cosa que, si no cambia demasiado, no podremos decir nosotros.

No somos lo suficientemente humildes.



Bosque del Triásico con Cycas

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lunes, agosto 10, 2015

La azarosa historia del monasterio de Montserrat... de Madrid

La Moreneta
En el mundo cristiano resulta habitual encontrar iglesias dedicadas a vírgenes o santos que si bien sus cultos son originarios de un lugar en concreto, por una u otra razón se han ido repartiendo a lo largo y ancho de la geografía mundial. Templos dedicados a San Francisco de Asís, a San Ignacio de Loyola, o a la Virgen de la Macarena, de Guadalupe, del Carmen o de la Almudena hay para para hacer un tour temático turístico y en el caso de la Virgen de Montserrat, la patrona de Catalunya, no iba a ser menos. Por ello se encuentran parroquias dedicadas a su advocación repartidas por toda España y América, la mayoría fruto de catalanes desplazados a aquellas tierras o bien monjes que, teniendo alguna relación con la Abadía de Montserrat, llevaron su devoción allí donde estuvieran. No obstante, en Madrid hay una iglesia dedicada a la Virgen de Montserrat cuyo origen es un tanto peculiar. Más que nada porque fue fundada por monjes procedentes del monasterio catalán que fueron expulsados por ser... castellanos.

El monasterio de Montserrat
El monasterio de Montserrat, ubicado en la montaña homónima desde el siglo XI, se ha considerado desde hace siglos el corazón de Catalunya. Su virgen negra -por el hollín que tenía depositada en su cara por los millones de cirios encendidos desde el siglo XII- ha tenido desde siempre una gran devoción y ello hizo del monasterio un gran centro de peregrinaje. Sin embargo, entonces igual que ahora, allí donde va mucha gente, el dinero se mueve a espuertas, por lo que la posesión del cenobio por una u otra orden significaba tener o no la gallina de los huevos de oro.

Monjes benedictinos de Montserrat
Esta situación llevó a que el monasterio de Montserrat, que originariamente pertenecía al monasterio de Ripoll, dada su riqueza e influencia, intentara continuamente ser independiente, cosa que durante siglos el abad de Ripoll se encargó de tumbar una y otra vez. No obstante, en 1409, tras muchas negociaciones, Montserrat se convirtió en abadía independiente administrando un gran tesoro y una gran capacidad de influencia política. De esta forma, los abades de Montserrat tenían toda una serie de privilegios que los hacía prácticamente indomables: se ponían a favor del rey o en contra según les convenía y, evidentemente, a los reyes de la Corona de Aragón no les hizo la más mínima gracia.

Tras varios encontronazos con los intereses del monasterio -donde los abades incluso soportaron la guerra en contra de Juan II-, la corona puso cada vez más en el punto de mira la independencia del cenobio montserratino. Cuando llegó al poder el hijo de Juan II, es decir, Fernando el Católico, el hecho de controlar el poder de la Iglesia y aumentar el poder real se convirtió en un objetivo prioritario. Si además de controlarlo políticamente, controlaba sus riquezas -la Reconquista de Granada era un pozo sin fondo- mejor que mejor y ello le puso todas sus ganas.

Fernando el Católico
De esta forma, y visto que los monasterios, por aquellos tiempos, eran auténticas casas de tócame Roque, los Reyes Católicos disfrazaron sus verdaderas intenciones políticas de sincero deseo de reformar eclesiásticamente todos los conventos para que volvieran a las perdidas esencias monacales. Fernando el Católico, en 1493 tras mucho batallar con el papado, consiguió finalmente que se suspendiera la abadía de Montserrat y que este monasterio pasase a depender del mucho más dócil y pro-monárquico Monasterio de San Benito el Real de Valladolid. Ello supuso que a los 10 monjes catalanes se les uniesen 14 monjes castellanos, los cuales pondrían "orden" en los asuntos religiosos. Se perdía la independencia de Montserrat y, de paso, los documentos oficiales pasaron a ser escritos en castellano en un momento en que Castilla y Catalunya eran, jurídicamente, dos países diferentes.

Fachada Iglesia de Montserrat (Madrid)
Con el tiempo, los enfrentamientos entre la comunidad catalana y la castellana dentro del monasterio de Montserrat se fueron incrementando. Los unos por los privilegios perdidos (aunque se escogían algunos priores catalanes, la mayoría eran castellanos y la comunidad hacía lo que ellos dictaban con el beneplácito de la corona) y los otros por la continua oposición de los monjes catalanes a los cambios que venían desde Valladolid. Hasta que todo petó.

Interior de la parroquia madrileña
En 1640 se desencadenó la Guerra dels Segadors, en que el pueblo catalán, harto de sostener al ejército español en su continuo batallar con los franceses en suelo catalán, se levantó en armas contra Felipe IV y cedió su soberanía al rey francés (ver Montjuïc 1641. La chapuza militar española y las escalas que nadie trajo). En todo el medio del meollo, la Generalitat tomó el mando político del país y, conociendo el problema que hacía más de un siglo que rondaba en Montserrat, procedió a la expulsión por decreto de todos los monjes castellanos que allí se alojaban. El 16 de febrero de 1641 se firmó la orden y una comitiva de una cincuentena de personas, vía Lleida y Zaragoza, se dirigió a Madrid, donde serían acogidos en diversos conventos.

El edificio al completo
Felipe IV, dado el desaguisado, les dio permiso para erigir una iglesia y cenobio propio dedicado, como no, a la Virgen de Montserrat, cuyas obras -en estilo barroco- empezaron en 1668 ya reinando Carlos II. Sin embargo, los problemas económicos derivados de la ruina del Imperio y la Guerra de Sucesión, hicieron que se dejaran las obras hasta 1716, cuando se empezó a levantar la fachada y una de las dos torres que debían culminarla, parando las obras definitivamente en 1740. En 1836, con la desamortización de Mendizabal, se abandona y se convierte en cárcel de mujeres y no es hasta el 1914 en que monjes benedictinos procedentes de Santo Domingo de Silos vuelven a ocuparla hasta la actualidad, a excepción hecha del periodo de la Guerra Civil en que fue transformada en salón de baile.

Virgen de Montserrat de Madrid
En la actualidad la Parroquia de Nuestra Señora de Montserrat de Madrid es una iglesia de barrio bastante austera (su azarosa historia no ha dejado demasiados tesoros en su interior), convento de paso para los religiosos que transitan por la capital y vestigio de hasta qué punto la política y la religión están unidas y de cómo, los sentimientos de las personas, siempre están por encima de los intereses de sus gobernantes.


Proyecto previo inconcluso

Webgrafía

sábado, agosto 08, 2015

La inquietante bacteria que manipula la voluntad humana

¿Temeridad inducida?
Uno de los recursos televisivos más usados para generar audiencia, sobre todo en los desérticos días de verano, son los típicos programas de vídeos en que la gente, tomando unos riesgos increíbles, se dan unos morrazos de impresión. Estos riesgos a menudo son tomados por el simple hecho de salir en la tele, pero cuando no hay ninguna cámara delante, también hay gente que nos hace llevarnos las manos a la cabeza por la temeridad de sus acciones. ¿Cómo puede ser que haya gente que sea prudente y haya otra gente que, a pesar de ser evidente el riesgo para su integridad física, haga burradas como catedrales? Inconsciencia, locura, adrenalina... son algunas de las explicaciones dadas a estas acciones temerarias. Sin embargo, se ha descubierto que no todo sería cuestión de albedrío humano: un pequeño parásito unicelular podría estar manipulando nuestro cerebro a su voluntad. No, no se trata de ningún Expediente X, es el modo de operar del muy habitual Toxoplasma gondii.

Toxoplasmosis y embarazo
La toxoplasmosis es una enfermedad que es bien conocida de las mujeres embarazadas, más que nada porque durante el embarazo han de tener bien lejos a los gatos y abstenerse de cambiarles la arena de sus cajas. Estas aparentemente excesivas precauciones se deben a que esta enfermedad está producida por el Toxoplasma gondii, una bacteria que tienen los gatos que se transmite por vía fecal, y que en caso de que llegue al torrente sanguíneo de las embarazadas, puede afectar al feto con daños cerebrales e incluso hasta la muerte de éste. Pues bien, en unas investigaciones alrededor de este bichuelo los científicos se dieron cuenta que ratones que se habían infectado con el toxoplasma empezaban a actuar de forma temeraria, hasta el punto que dejaban de tener miedo de su depredador por antonomasia: el gato.

Comportamiento temerario
En esta situación, los ratones infectados de toxoplasmosis, al contrario de los ratones sanos, se sentían atraídos por el orín del gato y, ante la presencia del felino, lejos de salir huyendo como el sentido común haría actuar a cualquier ratón, éstos se quedaban tan tranquilos y sin miedo alguno. Huelga decir que la vida del ratón era más corta que la de un caramelo a la puerta de un colegio, y el gato quedaba más ancho que largo ante una presa tan fácil. No obstante se descubrió que este comportamiento no era gratuito y que el toxoplasma sabía perfectamente lo que estaba haciendo, manipulando tanto al ratón como al gato.

Ciclo de vida del toxoplasmo
Efectivamente, el toxoplasma al llegar a la sangre del ratón (o rata) habitualmente por entrar en contacto con las heces de los gatos, se instalaba por todo su cuerpo, pero con preferencia en el cerebro y en los glóbulos blancos del sistema inmunitario de los roedores. Esta ubicación estratégica le permitía modificar el comportamiento del ratón, ya que forzaba a los leucocitos a generar dopamina -la hormona del bienestar- haciendo que su huésped perdiera el miedo a todo y fuera un plato fácil para el gato. ¿Y qué interés podría tener el toxoplasma por que se comiera el gato al ratón? Pues sencillamente porque en el único lugar en que los toxoplasmas se pueden reproducir sexualmente es en los intestinos de los gatos. Y lo saben. Y actúan en consecuencia.

Jaroslav Flegr
Conociendo este comportamiento del protozoo, en 1990 el biólogo checo Jaroslav Flegr, empezó a especular con la posibilidad de que la toxoplasmosis, igual que afectaba el comportamiento de los ratones, pudiera afectar a los humanos, si bien los científicos creían que solo afectaba a los fetos y a las personas con el sistema inmunológico dañado. De hecho, el mismo Flegr estaba infectado, pero no tenía ningún síntoma, aunque le tenía preocupado una cierta tendencia a pasar los semáforos sin mirar y algún pensamiento suicida que no había tenido anteriormente. Estudiando los posibles efectos en humanos se encontró con una serie de estadísticas curiosas.

El contraer toxoplasmosis es algo casi trivial. De hecho, entre el 10 y el 20% de los estadounidenses, el 20 y 30% de los checos y el 50% de los franceses están infectados, no solo por el contacto con los gatos -básicamente callejeros- sino preferentemente por consumir carne cruda y vegetales sin lavar. No obstante, Flegr descubrió que los afectados tenían una mayor propensión a los accidentes de tráfico, tendencia a perder el miedo en situaciones peligrosas, ideas suicidas e incluso una mayor propensión a la esquizofrenia. Lo más gracioso es que a muchos de los hombres estudiados el olor de orín de gato no les era desagradable, cosa que hoy por hoy no tiene mucha trascendencia pero que en su momento, con un león en las cercanías, tendría el riesgo de acabar de cena de esos lindos gatitos.

Quiste de la toxoplasmosis
Esta forma de actuar no es único en el mundo animal (ver El extraño caso de las hormigas zombis) por lo que si bien en un principio las investigaciones del doctor Flegr fueron tomadas por el grueso del colectivo científico como una tontería, cada vez más se está demostrando en una realidad confirmada por nuevos estudios científicos alrededor del Toxoplasma gondii. De esta forma, la voluntad humana no sería tan libre como nos gustaría creer y nuestro comportamiento -incluso el sexual- podría estar influenciado por otros organismos a los cuales no damos la más mínima importancia: se especula que incluso el virus de la gripe nos modifica el comportamiento para beneficiar su propagación. Ahí es nada.

Así que ya sabe, la próxima vez que conduciendo tenga ganas de saltarse un semáforo en rojo, de conducir enviando un Whatsapp o de adelantar en linea continua, aparque inmediatamente el coche y hágase un análisis de sangre con la máxima urgencia. Los demás no tenemos porqué soportar las simpáticas veleidades de sus juguetones toxoplasmas.

Consejo de amigo.

Estructura de un manipulador nato

Webgrafía

viernes, agosto 07, 2015

Federico IX de Dinamarca: el rey de los tatuajes

Federico IX de Dinamarca
Hasta hace no mucho tiempo, los tatuajes eran una señal distintiva de delincuentes, pendencieros, inadaptados y otra gente de mal vivir, por lo que lucir uno en su piel hacía poner los pelos de punta a cualquier hijo de vecino. En la actualidad las cosas han cambiado mucho y lejos de esa señal de rebeldía (por no decir sociopatía) que significaba llevar un tatuaje, ahora cualquier mono, por simple no-ser-menos-que, se pintarrajea cualquier chorrada en cualquier parte del cuerpo... y como vayan borrachos, los resultados mejor no verlos. Con todo, eso es ahora, pero imaginémonos lo que debía de ser llevar un tatuaje en la pudorosa sociedad europea de principios del siglo XX. Si a eso le añadimos que quien lo lleva es un rey, que no lleva uno sino nueve y, encima, le gusta mostrarlos, la mezcla de escándalo y admiración ya es "fuera de categoría". Justamente éste fue el caso de Federico IX de Dinamarca, el rey tatuado.

Estampa típica de un marinero
La historia del tatuaje es casi tan antigua como la humanidad misma, donde las marcas en la piel señalaban la valentía del individuo, el estatus dentro de la comunidad o la pertenencia a una u otra tribu. Estas señales no estaban al alcance de todo el mundo y se restringían muchas de las veces a los miembros de ciertos grupos o comunidades, que los utilizaban como auténticos ritos iniciáticos, más que nada porque el hacerse un tatuaje en el pasado era un auténtico suplicio. Un ejemplo claro eran los marineros, que embarcados durante meses en condiciones durísimas, no dudaban en tatuarse cualquier elemento marinero, habida cuenta que para aquella gente ruda y sufrida el dolor de un tatuaje era pecata minuta

El Rey Tatuado
Evidentemente, esta no era la situación de la gente de una cierta posición social, para la cual, una vida regalada estaba en las antípodas del sufrimiento de una vida llena de dificultades. Ello implicaba que se viera el tatuaje como algo barriobajero y montaraz, aunque eso seguro que no fue lo que pensó el antiguo rey de los daneses.

Federico IX de Dinamarca -Frederik 9, para los amigos daneses- (1899-1972), reinó desde 1947 hasta el día de su muerte y tenía fama de ser muy campechano (ver El campechano origen de la palabra "campechano")  y muy cercano para el pueblo. Y es que el hombre, como mínimo, era poco habitual.

Para empezar, tenía facilidad para la música, llegando a tocar el piano desde muy joven y dirigiendo orquestas de vez en cuando, y poseía una gran memoria que le llevaba a recordar perfectamente todos los horarios y trayectos de trenes de Europa, la cual cosa era aprovechada por toda la corte para que les informara de los recorridos y las horas cuando tenían que hacer algún viaje. Ante todo, el servicio al público, claro.

Un rey ciertamente peculiar
El príncipe, sin embargo no era muy amigo de esta vida entre algodones y decidió que lo que le gustaba al hombre era el mar, por lo que inició su educación en la Real Academia Naval Danesa. Ello rompía la tradición de la familia real danesa en que la educación de los herederos se llevaba a cabo en el Ejército y allí que se metió. Y tanto que se metió, que llegó a contralmirante recorriendo medio mundo a bordo de los barcos daneses. Pero claro... tanta marinería implicaba también asumir las tradiciones de los marinos y los tatuajes fueron uno de ellos.

Sus tatuajes eran su orgullo
El futuro Federico IX decidió tatuarse dos dragones, uno en el brazo y otro en el pecho (este último hecho en Londres, en el taller de George Burchett, uno de los mejores tatuadores del momento), una cruz de Jerusalén, el escudo de armas familiar, un ancla, un pájaro... y así hasta completar los nueve que se hizo durante su época marinera, los cuales le hacían todo un brazo de mar acostumbrado a una vida tosca y sacrificada. El problema es que fuera de la Marina era igual de tosco, lo que le llevó en 1922 a romper su compromiso con la princesa Olga de Grecia (pariente de la ex-reina Sofía), más que nada porque era más basto que una lija del siete y la tal Olga -fina ella como el cristal- no soportaba las bruscas maneras de marino del aspirante al trono danés. Todo sea el decirlo que la excusa oficial fue que ella no quería convertirse al luteranismo de la familia real danesa. La dignidad, ante todo.

Olga de Grecia era demasiado fina
Con todo, el heredero lo volvió a intentar, pero no fue hasta 1935 cuando consiguió casarse con la princesa Ingrid de Suecia -se conoce que no era tan refinada de gustos-, la cual le dio tres hijas a las cuales no dudaba a mostrar ante las cámaras con el torso desnudo y un más que estiloso bañador de leopardo al mejor estilo Rappel. De hecho, uno de sus principales orgullos era el mostrar sus tatuajes marineros siempre que le era posible, por lo que no dudaba en retratarse desnudo de cintura para arriba y hacer ostentación de sus "tatus". Realmente, un espectáculo que no era muy habitual entre la gente de la realeza de la época.

¡Esto no, hombre, esto no!
La realidad es que los tatuajes no son una cosa tan rara entre las casas reales y, aparte de Federico IX, también han llevado tatuajes Enrique VII de Inglaterra, el Kaiser Guillermo II, el Zar Nicolás II de Rusia o incluso don Juan de Borbón -el abuelo de Felipe VI de España-, el cual llevaba un par de dragones marinos en los antebrazos como fruto de su paso por la Escuela Naval de San Fernando. Todo un ejemplo de cuan elitistas eran los tatuajes hasta hace no mucho y de cómo el trasfondo de iniciación tribal, de diferenciarse del resto de la sociedad y de subversión que significaba llevar un dibujo artístico indeleble en la piel ha quedado totalmente desvirtuado y transformado -salvo honrosas excepciones- en una simple moda chabacana y superficial.

Tal las cosas, está visto que, hoy en día, resulta más subversivo negarse a tatuarse nada que tatuarse alguna cosa.

Mera cuestión de esencias.

Rudo y tatuado: todo un rey

Webgrafía

domingo, agosto 02, 2015

Quitando las cascarrias

Como todo va cambiando y las plantillas de Blogger tienen nuevas funcionalidades, he decidido cambiar un poco la imagen de Memento Mori

No es que sea muy amigo de cambios de plantilla -de hecho, en 10 años solo la he cambiado una vez a parte de esta (ver Cambio de imagen)-, más que nada porque la imagen no puede tener más importancia que el contenido, pero esta vez había cosas que la antigua plantilla no podía mostrar -por ejemplo las etiquetas de los artículos- y he creído oportuno hacer un lavado de cara para actualizar el blog.

De la nueva imagen han desaparecido los libros que me han acompañado durante los últimos 5 años, y los he substituido por un cálido fondo de madera rústica que invite a leer y a disfrutar (o padecer, que siempre hay algún masoca) los más de 1.000 artículos -este es el 1058- que componen esta pequeña biblioteca de Alejandría de las curiosidades que es mi blog personal.

Espero que os guste -recalcitrantes inmovilistas a parte- y disfrutéis de los nuevos artículos que a partir de ahora se publicarán en él.

Gracias por vuestra fidelidad.

-Ireneu Castillo-

Memento Mori se ha quitado un poco las cascarrias